Un show lleno de mensajes, con la participación de fulgurantes figuras del cine y la música latinoamericana y los más candentes hits del llamado conejo malo puertorriqueño, se convirtió en un hito para los espectáculos del medio tiempo en mitad de las grandes controversias por las políticas anti migratorias de Donald Trump. Bad Bunny no solo hizo historia con su presentación, envió un poderoso mensaje de unión. fuerza e inclusión desde y para TODA América.

Una auténtica Epifanía entre palmeras, cañaverales, postes de luz, juegos de dominó, manicuristas, peluquerías, puestos de comida rápida callejera y rincones que nos trasladaban entre el Viejo San Juan y Nueva York, su “Casita”, su barbería y una licorería que decía, simplemente, “Conejo”, sirvió a Bad Bunny de telón de fondo para su deslumbrante consagración como icono de los hispanos en Estados Unidos y de los latinoamericanos en el mundo; uno que gracias a las políticas de Donald Trump y la extrema derecha internacional, se siente cada vez más agresivo y menos amigable. El mensaje fue fuerte y claro: Amor, Música, Unidad.
El “medio tiempo del Súper Tazón”, como lo llamaba, así, en español, la pantalla del estadio de los San Francisco 49ers en el intermedio de la final de la NFL que enfrentó a los Seahawks y los Patriots, se convirtió no solo en un escenario para la música sino en una masiva declaración de ideales. El cantante apareció de punta en blanco, ataviado en un conjunto Zara, con un balón de fútbol americano que retomó al final de la actuación, cuando, con el fondo de su himno DTMF, exclamó “Seguimos aquí” y marcó un touchdown por la unidad de todo el continente americano.
Rodeado de un cuerpo de baile que portaba las banderas de todos sus países, cuyos nombres acababa de recitar con rabia el cantante, que enarboló la de su isla, Puerto Rico, el show fue emotivo, inspiracional, alejado de tecnicismos pero cercano al corazón de los millones de inmigrantes que hoy enfrentan cada vez más duras dificultades. El cuero decía: “Juntos somos América”.
Fue el cierre perfecto a un recital fulgurante y creativo, una auténtica odisea a través de la cultura puertorriqueña, la de la isla y la del destierro, en la que hasta hubo una boda de verdad (y un niño dormido en las mesas, como en toda auténtica boda latinoamericana), además de otras sorpresas como ver a Lady Gaga, acompañada por el conjunto puertorriqueño Los Sobrinos, interpretar en clave salsera Die with a Smile (con la que ganó el Grammy junto a Bruno Mars el año pasado), antes de fundirse en un Baile inolvidable con el protagonista.

El otro gran invitado fue Ricky Martin, también puertorriqueño, en un gesto de reconocimiento a los que vinieron antes que él en la conquista del mercado estadounidense que honra a Bad Bunny. Martin interpretó, acompañado por el rasgueo de un cuatro, Lo que le pasó a Hawaii, un tema incluido en el último disco del anfitrión, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, que pide a los suyos que no abandonen su herencia y sus raíces. Antes, Bad Bunny había incorporado un medley de éxitos de reguetón primigenio, con La gasolina, de Daddy Yankee y Dale Don dale, de Don Omar.
Cuando retumbó en el estadio de los 49ers el ritmo urbano caribeño —antes denigrado; hoy, convertido en himno global— las pantallas escupían con letras mayúsculas una sola palabra repetida, “PERREO”, tras un arranque en el que sonaron canciones como Tití me preguntó y Yo perreo sola (un claro guiño a esa visón diferenciadora del conejo malo en torno a las mujeres, algo que le ha valido respeto de las féminas en un mercado marcado por la misoginia y el machismo.)
En las gradas, un público mayoritariamente blanco no hizo demasiado caso a la exhortación. Los casi 70.000 asistentes a la final reaccionaron con cierta indiferencia al show, por más que el maestro de ceremonias estuviera haciendo historia ante sus ojos al hablar solo en español por primera vez en décadas de halftimes de la Super Bowl.
Famosos como Karol G, Jessica Alba o Pedro Pascal lo acompañaron desde una “casita” que recordó a la de la histórica residencia de una treintena de conciertos del verano pasado en Puerto Rico. También se vio a un icono nuyorican y de la noche de la Gran manzana, La Toñita, quien, llegada directamente desde Brooklyn, sirvió un trago a Bad Bunny mientras sonaba su nombre en la letra de NUEVAYoL (que dice: “Un shot de cañita en casa de Toñita, ay / PR se siente cerquita”).

La realización de un sueño… de millones:
“Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo”, exclamó en la Super Bowl Benito Antonio Ocasio Martínez, nombre de bautismo del chico de Vega Baja que desde hace una década pulveriza todas las marcas de la música en español. Ese muchacho que no se dejó vencer apareció después, en otro guiño de un espectáculo lleno de giros de guion y de referencias a la historia de Puerto Rico, cuando el músico entregó a un niño uno de los dos premios Grammy que el artista logró el domingo pasado. La carita del crío recordaba a Bad Bunny de pequeño (tal vez porque el actor vestía como en una vieja foto del artista), pero también a Liam Conejo, el niño de cinco años detenido en Minneapolis y convertido en símbolo de la brutal política migratoria de la Casa Blanca.
Los fans del cantante habían bromeado durante la semana que un par de equipos de fútbol americanoestaban encargados este domingo de amenizar la espera de la Benito Bowl, como decían, en referencia al nombre de pila del artista, algunas camisetas en el estadio Levi’s, a una hora al sur de San Francisco. La ocasión, 13 minutos musicales que parten por la mitad un partido que siguen 130 millones de personas, es todo un acontecimiento del entretenimiento global, pero esta vez los superlativos se quedaron cortos. Por motivos más políticos que artísticos, era el show más esperado de los últimos tiempos.
Los grandes pronunciamientos de Bad Bunny fueron su previsible homenaje a Puerto Rico y su no tan prevista defensa de América más allá de Estados Unidos. También, del gesto de bailar como un acto de resistencia. Y del español como una llave capaz de abrir uno de los espacios simbólicos más codiciados de un país cuyo presidente ha hecho oficial el inglés por decreto y ha lanzado la que aspira a ser la “mayor deportación” de inmigrantes irregulares de la historia. Son millones de personas, muchas de las cuales llevan décadas viviendo aquí, y hablan en español y chapurrean en inglés… y viceversa.

Con Bad Bunny, que no es inmigrante, sino ciudadano, subió también al escenario la colisión entre dos visiones de Estados Unidos en la era (una década, ya) de la crispación de Trump: la América blanca, cristiana y monolingüe que teme, como predicen los demógrafos, la llegada del día en el que dejen de ser la mayoría, contra la de la diversidad y la inmigración.
También acompañaron al músico desde la distancia los 3,2 millones de puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses de segunda, con una larga memoria del colonialismo y una historia reciente que se cuenta a partir de las crisis sucesivas de la deuda, la devastación y el abandono del huracán María, que también tuvo su referencia en el show cuando el músico cantó El apagón, subido a un poste de la luz, y la gentrificación y sus desplazamientos. Bad Bunny es la consecuencia de una realidad plagada de desigualdades y neocolonialismo.
La otra parte del país, a la que el artista dedicó la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, estaba llamada a desconectar durante el descanso para asistir a un espectáculo alternativo. “Di no a lo woke y sintoniza el Intermedio Exclusivamente Estadounidense”, pedían horas antes del inicio del partido sus promotores, la organización de proselitismo juvenil MAGA (Make America Great Again) Turning Point, fundada por el activista asesinado Charlie Kirk. La oferta la encabezaba Kid Rock, gloria pasada del rap metal y amigo personal de Trump, y la completaba un puñado de cantantes country de segunda. Fue un espectáculo mortecino, que además sufrió problemas en una retransmisión que llegó a reunir a seis millones de personas en YouTube.
El contraste entre la estética de ambos shows —uno, obsesionado con un pasado que no está claro que haya existido; el otro, anclado en el presente— habló con elocuencia de la gran fractura estadounidense en el año en el que el país conmemora el 250° aniversario de la independencia de los ingleses, como recordaban los logos de America 250 que adornaban el estadio de Santa Clara.
“Es terrible (…), una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”, escribió Trump en su red social, Truth, según hubo terminado Bad Bunny, en lo que fue su manera, tal vez involuntaria, de admitir que había visto ese espectáculo y no el organizado por sus simpatizantes para complacerlo. “Nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo”, añadió el presidente.
Tres horas antes del saque inicial, un grupo de activistas repartió toallas con mensajes contra el ICE en un hotel cercano al estadio de los San Francisco 49ers, el mismo en el que hace 10 años un jugador llamado Colin Kaepernick lanzó su propio alegato al arrodillarse mientras sonaba el himno estadounidense para protestar por el racismo en los albores del movimiento Black Lives Matter.
Liga, como casi todas las ligas, que mantiene una prudente distancia con la política, la decisión de la NFL (y de Roc Nation, la promotora del rapero Jay-Z que se encarga de la organización del espectáculo del descanso) de contratar a Bad Bunny volvió a colocarla en el centro de un debate, así como en el punto de mira de Trump. Es ya famosa la frase que este pronunció en Saturday Night Live,programa cómico de la NBC, cadena que tiene los derechos de la Super Bowl, pocos días después de aceptar el encargo: “Faltan cuatro meses. Aún tienen tiempo para aprender español”.

Persecución a los inmigrantes:
Conociendo la escasa inclinación del estadounidense por el bilingüismo, es poco probable que muchos hayan hecho los deberes, pero es seguro que una mayoría ha visto desplegarse en esos cuatro meses la brutalidad de la política migratoria de Trump en ciudades como Portland, Chicago o, sobre todo, Minneapolis. En sus calles, los agentes federales han matado a tiros a dos ciudadanos estadounidenses indefensos.
La mezcla del extraordinario púlpito al que la NFL le ha dado acceso, el mayor escaparate musical del año en Estados Unidos (y cada vez más, también del mundo) y el perfil combativo del músico, han convertido a Bad Bunny en esta segunda presidencia de Trump en un símbolo de la resistencia ante la policía migratoria de la Casa Blanca, una amalgama de agentes enmascarados y fuertemente armados que ya se identifica en el imaginario popular con las siglas de uno de ellos: ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). El domingo pasado, al recoger el Grammy al mejor álbum de música urbana, Bad Bunny dijo “ICE fuera” (ICE Out), antes de dar las gracias a Dios por el reconocimiento. Después, también obtuvo el de mejor álbum del año, a secas.
Este domingo presentó su candidatura en otra categoría: la que se disputan los mejores espectáculos de la Super Bowl de la historia reciente, ya no sólo por lo musical o técnico sino por lo conceptual y su poderoso mensaje.




